Estocada por la intolerancia, el desgobierno y la violencia. La Patria herida de muerte esta y no es solamente por las diferencias políticas, mas allá en ello se encierra la intolerancia, el odio, el afán de sentirnos superiores, acompañado de una insensibilidad hacia el dolor humano y la arrogancia de no aceptar que somos semejantes. No somos capaces de discutir nuestras diferencias civilizadamente, porque siempre buscaremos que nuestros pensamientos prevalezcan sin importar la flaqueza de nuestros argumentos.

La desnudez de nuestra Patria refleja la realidad de una sociedad marcada por la diferencia de clases y la ambición de poder. La evidente polarización que se presenta en Ecuador y fuera de sus linderos, es engendrada por las elites de poder que nos han gobernado y que pretenden seguir haciéndolo, siendo lo peor, que han logrado conseguir el eco de una parte de la población que aunque oprimida, se identifican con el amo patrón.

Las violentas manifestaciones pasadas dejaron al descubierto lo frágil de nuestra nacionalidad en su consenso, claro, refiriéndonos a los que por generaciones somos ecuatorianos por nacimiento, orgullosos de esa gran patria ancestral, porque a los advenedizos de apellido difícil de pronunciar y sus fanáticos, solo les interesa azuzar para no alcanzar acuerdos.

Todo esto nos lleva a pensar que no hemos podido desterrar de nuestra mente el servilismo colonialista y que lo implantado sigue vigente y con mas fuerza.
Las enseñanzas de reconocer y rendir culto a lo blanco, a lo rubio de ojos azules como prototipo de la belleza se encuentra arraigado en nuestro entender así como también que lo extranjero en cualquiera de sus formar es mejor que lo nacional. Con este proceder estamos desterrando lo nuestro, lo que por centurias ha sido la base de nuestra cultura.

Hemos escuchado con tristeza como muchas personas han tratado con desprecio a nuestros naturales ecuatorianos, pronunciándose en tono despectivo al referirse a ellos como “indios o Indígenas” que aunque el vocablo se ampara en conceptos lingüísticos validos de nuestro idioma, no deja de tener su tinte humillante y despreciativo, cuando el tono como se lo dice solo busca hacerlos sentir inferiores.
Lo triste es que quienes repiten la infamia son mestizos con la autoestima inflada, con aires de grandeza de una elevada casta que solo en sus cabezas existe y que por poner una letra cambiada en sus apellidos creen que los hace diferentes, o de aquellos que son la tercera o cuarta generación de algún extranjero aventurero o algún comerciante fracasado que vio en nuestras tierras la oportunidad anhelada.

Los medios sociales, herramienta pensada para la interacción entre los seres humanos y su crecimiento, se ha convertido en el arma letal, destructora de nuestra frágil unidad y ha servido como medio barato para impulsar agendas encubiertas, falacias de corte popular y de fácil digestión que allanan el camino para quienes pretenden eregirse como salvadores de nuestra patria.

Onias Pacheco is member of the National Association of Hispanic Journalists (NAHJ)

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