Por: PhD. Elsy Rodríguez Revelo Docente Investigadora UBE. Hablar de interculturalidad en Ecuador implica mucho más que reconocer que somos un país diverso. Significa preguntarnos cuánto de esa diversidad está realmente presente en nuestras escuelas, universidades, instituciones y prácticas cotidianas; cuánto conocemos de las historias, saberes y aportes de los distintos pueblos que conforman nuestra sociedad y, sobre todo, qué estamos haciendo para que las diferencias culturales nunca se conviertan en desigualdad, discriminación o exclusión. El 12 de octubre, Día de la Interculturalidad y la Pluriculturalidad, constituye una oportunidad para reflexionar sobre ello. No debería ser únicamente una fecha conmemorativa. Su verdadero sentido está en reconocer que la diversidad cultural forma parte de aquello que somos como país y que construir relaciones verdaderamente interculturales exige diálogo, reconocimiento, conocimiento y participación. La experiencia de cuatro semanas de la campaña “Mi raíz, mi fuerza”, en su modalidad virtual, reunió alrededor de 1.100 personas, entre docentes, profesionales de distintas áreas y miembros de la sociedad civil. Más allá de la cifra, este alcance evidencia que existe un interés real por reflexionar sobre identidad, racismo, diversidad e interculturalidad, y que estos temas no pertenecen únicamente a determinados grupos sociales ni pueden quedar circunscritos al ámbito educativo. Nos interpelan como sociedad. Es precisamente aquí donde el papel de la academia adquiere especial relevancia. Las universidades no deben permanecer como observadoras de los problemas sociales. Como espacios de formación, producción y consolidación del conocimiento a través de la investigación, tienen un compromiso directo con la sociedad. Parte de esa responsabilidad consiste en articular conocimiento, instituciones y territorio, acompañando iniciativas capaces de convertir la reflexión académica en acciones que incidan en las prácticas educativas y sociales. Pero ese compromiso debe ir todavía más lejos. La academia no puede convertirse, por acción u omisión, en cómplice silenciosa de una interculturalidad reducida al folclorismo. Persistir en una visión que limita la diversidad cultural a celebraciones, vestimentas, gastronomía, música o fechas conmemorativas significa continuar reproduciendo una lectura incompleta de nuestra historia y, por tanto, de nosotros mismos. El folclorismo cultural ha contribuido durante años a consolidar sesgos que fragmentan el conocimiento de lo que somos y de dónde venimos. Ha permitido mostrar determinadas expresiones culturales, pero muchas veces sin profundizar en las historias, saberes, luchas, aportes y formas de producir conocimiento que existen detrás de ellas. Y aquí la metáfora de las raíces cobra especial sentido. Las raíces crecen hacia abajo porque necesitan afirmarse en la tierra, pero no están destinadas a permanecer ocultas. De ellas nacen el árbol, las ramas y los frutos que finalmente ven la luz. Nuestra responsabilidad, desde la educación y la academia, es contribuir a que esas raíces y sus frutos sean conocidos, estudiados, valorados y transmitidos. De ahí que el papel de la academia no pueda limitarse a visibilizar los saberes ancestrales, culturales y comunitarios como expresiones de lo que somos; debe contribuir también a reconocerlos, investigarlos, documentarlos, sistematizarlos y ponerlos en diálogo con el conocimiento científico. Aquello que históricamente ha distinguido a nuestros pueblos: sus memorias, prácticas, lenguajes, formas de comprender el mundo y saberes construidos en comunidad, no puede seguir ocupando un lugar periférico dentro de la producción académica. También constituye una fuente legítima de conocimiento, capaz de enriquecer la investigación, la formación profesional y la comprensión de nuestra propia realidad. Si durante siglos determinados saberes fueron invisibilizados, subordinados o considerados ajenos al conocimiento legitimado, una de las herramientas más poderosas para revertir esa historia es precisamente el conocimiento: investigar, documentar, contrastar, sistematizar y enseñar aquello que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes. Esta convicción encuentra sustento en la tradición pedagógica crítica latinoamericana y, particularmente, en Paulo Freire, quien nos enseñó a comprender la educación como una práctica que permite leer críticamente el mundo para contribuir a transformarlo. Desde esa perspectiva, conocer nuestras raíces no significa mirar hacia el pasado por nostalgia; significa comprenderlo para interpretar el presente y construir conscientemente el futuro. Por ello, construir interculturalidad no significa únicamente incorporar contenidos sobre diversidad en determinadas fechas o asignaturas. Significa avanzar hacia una academia capaz de reconocer la pluralidad de saberes existentes en el territorio y generar condiciones para que estos dialoguen, sean investigados y formen parte de los procesos de construcción de conocimiento. La articulación entre la Universidad Bolivariana del Ecuador y la SEIBE, a través de la campaña “Mi raíz, mi fuerza”, ha demostrado precisamente que una academia que abraza y acoge la esencia de la historia de su país puede acompañar iniciativas públicas, aportar formación y promover una práctica reflexiva y crítica, contribuyendo a que la identidad, la etnoeducación y la diversidad cultural sean también parte de los procesos de conocimiento, investigación y transformación social. Y quizás allí se encuentre uno de los principales aprendizajes de esta experiencia: todo comienza con una idea, pero es la voluntad colectiva la que abre el camino para hacer posible aquello que parecía difícil de alcanzar. El desafío para la academia comienza ahora: revisar sus propias prácticas, cuestionar aquello que ha legitimado o dejado fuera del conocimiento y preguntarse cuánto espacio real concede a los saberes ancestrales, culturales y comunitarios dentro de la formación, la investigación y la producción científica. No basta con hablar de interculturalidad. También es necesario preguntarnos: ¿Cómo enseñamos?, ¿Qué investigamos?, ¿Qué fuentes consideramos válidas?, ¿Qué voces incorporamos y cuáles seguimos dejando en los márgenes? Porque la interculturalidad también se construye cuando aquello que somos como pueblo deja de ser únicamente objeto de reconocimiento cultural y comienza a formar parte de aquello que investigamos, enseñamos y producimos como conocimiento. En este 12 de octubre, la mejor manera de hablar de interculturalidad quizá sea trascender el discurso y convertirla en práctica. Porque ser un país diverso es una realidad. Aprender a reconocernos, respetarnos y construir juntos desde esa diversidad es una responsabilidad compartida. Y la academia tiene mucho que aportar a ese propósito cuando sale de sus propios límites, dialoga con las instituciones y las comunidades, y comprende que el conocimiento adquiere su mayor valor cuando contribuye a transformar la realidad. Navegación de entradas El Canillita Edición 163